“El tono con el que le hablamos a nuestros hijos, se convierte en su voz interior”

Leí esta frase el día de hoy y me quede pensando en ello, ¿Cómo les hablo a mis hijos? Es cierto que no les grito, o al menos lo intento. Pero si puedo verme hablándoles impaciente muchas veces, porque ya es tarde, porque hay prisa, presionándoles.

Me apena reconocer lo anterior y me cuestiono que ¿finalmente quien tiene prisa? ¿Ellos o yo?

Obviamente como adultos siempre sentimos que hay cosas por hacer, cumplir con nuestras obligaciones, nos sentimos apresurados; corriendo. Vamos por la vida la mayoría del tiempo sin estar consciente de estar ahí  donde estamos y de disfrutar (aunque se oiga trillado) cada momento y cada gesto.

No creo que la mayoría nos subimos al tren de la vida y vamos siguiendo lo que creemos es el “deber ser” y ahí vamos correteándonos para lograrlo. Borrando o palomeando lo que se supone debemos cumplir según la etapa de nuestra vida. Olvidándonos de lo esencial,  de que ese momento no volverá a pasar.

Cada día me doy más cuenta que no tenía para que apresurarme a nada, que las cosas iban a llegar en el justo momento que estuviera lista para esa vivencia, situación u oportunidad.

Regresando a mis hijos, me propongo a partir de hoy tener más cautela para dirigirme a ellos, aunque yo tenga prisa, respetando el momento y repitiéndoles aún más con mayor constancia cuanto los amo.

Gracias por leer.

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